domingo, 8 de enero de 2017

Nombrecitos, nombrecitos...

Imaginémoslo así. ¿Qué pasa cuando a uno le piden un nombre para alguien? Por ejemplo, cuando se trata de elegir nombre para un hijo o hija. Se busca un listado de nombres con sus significados y ahí van, el padre y la madre (o quien el toque elegir el nombre) buscando significados, viendo qué nombre les gusta más, hasta que finalmente aparece el nombre para el recién nacido.

Ponerle nombre a un bebé suele ser
una tarea complicada.

Esto no suele ser un proceso simple. Porque el nombre será algo que al niño, luego adulto, lo acompañará toda la vida. Entonces, es esperable que se le preste la mayor atención posible. Al final, el destinatario de cualquier consecuencia surgida a partir de su nombre, será el que lo porte, no el que lo eligió.

Ahora, imaginemos que este proceso lo tenemos que repetir no una, sino varias veces. Ni siquiera hablemos de tener que bautizar mellizos o trillizos, que ya es un trabajo formidable, sino que tenemos que buscar decenas de nombres. Y ya no sólo para satisfacer la necesidad de que una persona lleve un nombre decente sino pensando en que la mayoría de la gente opine eso. Es decir, pensando en la opinión pública. O, simplemente, en hacer los homenajes correctos, o condicionados por características geográficas u otras. ¿En qué caso es necesario hacer esto? Sí, seguramente haya adivinado.

En la elección de los nombres de las calles.

Claro, algunos nombres son fáciles de poner. San Martín, Mitre, Sarmiento, Belgrano, y en general los nombres de próceres argentinos son nombres que se repiten en la gran mayoría de los pueblos y ciudades de nuestro país. Otros nombres, como Rivadavia, Roca, Perón (tanto JD como Eva), Sáenz Peña, Alvear, Saavedra o Avellaneda son menos comunes, pero también se repiten bastante. Es decir que hay una lista más o menos larga de números puestos, nombres que van a aparecer siempre o casi siempre.

Cuando se acaban éstos (cosa que pasa siempre, porque las ciudades suelen tener mucho más que unas pocas calles), se suele seguir por personalidades importantes pero no tan conocidas, como miembros del Cabildo de 1810, políticos prominentes en algún momento histórico, militares (muy común en Argentina), nombres de provincias, batallas, fechas patrias (9 de julio y 25 de mayo a la cabeza). E incluso personas importantes a nivel local: intendentes, dueños de campos, etc. Por ejemplo, en San Lorenzo (cerca de Rosario), las dos avenidas principales (paralelas entre sí) se llaman San Martín y Sargento Cabral. No es poco común que en ciudades del interior las avenidas principales estén dedicadas a los fundadores de dichas ciudades. Como se ve, hay una gran fuente de posibilidades para el que las necesite.

Obviamente, todo esto no tiene validez si se ha optado por la singular y siempre salvadora
Nombrar calles de una ciudad no parece ser más fácil.
Fuente: Guía Filcar
(en estos términos) idea de numerar las calles. Los números son infinitos, así que no hay problema. Ni siquiera se necesita recurrir a negativos, decimales ni nada.


Pero esta ciudad tiene calles nombradas, y resulta que los ejemplos de nombres del párrafo anterior se acabaron, y aún hay calles que nombrar. Peor aún: una ciudad se expandió y se abrieron nuevas calles que, lógico, hay que bautizar. ¿Qué hacemos?, dicen los horrorizados funcionarios de la Municipalidad, el Gobierno de la Ciudad o el organismo correspondiente. Hay que improvisar, es la mejor solución, dicen varios. Y ahí es, señores, donde aparecen las calles que nadie sabe por qué se llaman así.

Así es como entran a nuestro querido nomenclador de calles los Tonelero, Recuerdos de Provincia, Zabala, Monroe (entiendo que no homenajea a Marilyn, pero entonces, ¿a quién?), Quesada, Coronel Díaz (con seguridad, debe haber habido muchos coroneles con ese apellido), Castañares, Patrón, Primo Tricotti, José Murias, y siguen las firmas.

Honestamente, ¿alguien sabe a quién o qué responden esos nombres?

Seguramente, las respuestas estén en oscuros archivos municipales. Pero eso es otra historia.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Murales


En la ciudad de Miramar, en el marco de una convocatoria de artistas latinoamericanos, se realizó una serie de murales en el Parque de los Niños de dicha ciudad. No cuento con información acerca de la temática de dicha muestra, aunque parece haber sido sobre la naturaleza y la relación del hombre con ésta.

Había gran cantidad de murales, armados cada uno en una cara de las paredes que se erigieron para ello. Los materiales usados son desde pintura hasta azulejos, mosaicos, alambre, partes de otros objetos (ejemplo: ruedas de bicicleta) y demás. 

He aquí algunos de esos murales (para ver más grandes las imágenes, se pueden abrir en otra pestaña, usando el comando del explorador):











Había, entre todos ellos, un mural dedicado a John Lennon. No es que estuviera hecho por una fecha en particular, pero casualmente el día que saqué las fotos era el 36 aniversario de su muerte. Por eso, lo dejo para el final.


jueves, 10 de noviembre de 2016

¿Por qué viajar?

No debo ser el primero en hacerse esta pregunta. Pero fue en un día laboral poco ajetreado, con tareas más bien rutinarias y que ya dominaba de taquito, cuando mi cabeza, que había estado pensando en una fórmula de Excel y que ya estaba aburrida de ello, llegó a ella. Fue una serie de preguntas, que se inició en un contundente "¿Para qué sirve esto?" y siguió por otros caminos que derivaron en el objeto de esta entrada.

Hoy en día es muy fácil viajar. La enorme cantidad de ofertas de vuelos (hay carteles de las aerolíneas hasta en las autopistas, algo que hasta hace poco no ponsé que podía llegar a ocurrir; es más, diría que la publicidad dominante por estos tiempos es la de viajes y alojamiento) posibilita que sólod debamos elegir las fechas, comparar precios y sacar el pasaje. Todo facilitado por esa moderna costumbre de las cuotas sin interés, todo financiado en varios pagos, como para hacer que la culpa del gasto sea menor y más sobrellevable. Verdadero: en algunos países hay que hacer trámites para poder entrar, trámites que pueden volverse complicados. La gente, de todos modos, los termina haciendo. No creo que haya muchas personas que se hayan quedado sin ir a un lugar por no haber conseguido una visa. Las hay, sí, pero seguramente sean pocas.

Un mes de vacaciones, dos meses, incluso dos semanas. La posibilidad de irse del lugar donde uno vive los restantes días del año. Liberarse de cadenas que nos atan, que nos limitan y que nos marcan por dónde ir. Porque muchas de las costumbres, en realidad, nos llegan por mandato o por imitación. Uno no sabe muy bien qué hacer y, entonces, imita. Y una gran masa de gente no puede estar equivocada (de este tipo de cosas hablé en una entrada anterior, titulada Estereotipos...). Viajar es la chance de romper esquemas, de cambiar patrones, de hacer algo distinto. Ya lo decía Charly: "Si vas a la derecha y cambiás hacia la izquierda, adelante". La letra tiene contenido político, es cierto, pero tiene algo de aplicable a todos nosotros.

Por eso, si tenés la chance, viajá. Probá nuevas cosas. No te resistas. Dar el primer paso es duro, es difícil. Nunca fue fácil romper las cadenas. Pero seguramente el día que aparezcas en otro país, con un bolso y la necesidad de buscar alojamiento y cosas que hacer (eventalmente, trabajo) vas a sentir esa emoción de haber dejado lo viejo, de estar mirando hacia adelante. Y no digo que lo viejo sea malo. Quizás después de un tiempo quieras volver a eso. Pero siempre viene bien despegarse un poco de lo que se tiene y buscar un cambio. Hacer algo distinto por un intervalo de tiempo. Los grandes cambios en el mundo nunca fueron autoría de quienes hacían el dicho "Más vale malo conocido que bueno por conocer" su mantra. No! Esos no cambiaron nada. Fueron simplemente engranajes del sistema. 

Y lo que uno quiere ser no es simplemente un engranaje, ¿no?

Viajá. Conocé. Lugares, gente. Actividades que no se hagan en tu país y que sí sean populares afuera. Quizás te hagas amigos que, más adelante, te den un hogar y una compañía cuando decidas viajar. Y, en el peor de los casos, no conocerás a nadie, pero al menos habrás estado en otros lugares, que, nuevamente, pueden parecerte malos o buenos pero siempre está bueno conocer. Podé responder "me gusta" o "no me gusta" cuando te pregunten, no te veas forzado a decir "no conozco". Sacale todo lo que puedas sacarle al mundo como experiencia. Y, sobre todo, aprovechá el tiempo que tenés sobre la Tierra. El tiempo puede ser bien o mal administrado, pero es irrecuperable una vez que pasó.

Y por nada del mundo utilices la edad como criterio para decidir si viajar o no (como máximo, que sirva para elegir el lugar).

Un simple aporte.

domingo, 27 de marzo de 2016

Reseña de Némesis, de Agatha Christie

¡Buenas tardes a todos! Después de mucho tiempo, vuelvo con otra reseña (yo dije, y si no será motivo de otra entrada, que soy de lectura lenta). En este caso de una muy buena novela policial de alguien que las sabe hacer un poquito bien.





















Tardé bastante en leer este libro, básicamente por dos motivos. El primero, cierta falta de coordinación entre los momentos en que me daban ganas de leer, y los momentos en que podía hacerlo. Me tomé unos dos meses enteros para leerlo, aunque a partir de cierto punto disfruté mucho de su lectura, incluso llegando a leer en el colectivo o subte (cuando lograba sentarme) y en la playa (en un fin de semana largo).

Es que es una novela que, quizás, no es atrapante desde el principio. El primer capítulo resume una serie de recuerdos en que la narradora cuenta, casi en tiempo real, los pensamientos de la protagonista. Todo parece ser una confusión de nombres en su cabeza, que es narrada con gran realismo. Siguiendo, en los primeros capítulos, que vendrían a funcionar como un preámbulo de la historia principal, no pasa naranja. Bueno, no es tan así, pero pasa poco. Se nos presenta un caso policial, sabemos muy poco, no tenemos idea para dónde agarrar…

Pero la cosa se pone un poco más jugosa pasadas las primeras 70-80 páginas (de esta edición). De repente, uno empieza a encontrar datos por aquí y por allá, sucesos, que uno no sabe si son irrelevantes o si en realidad nos dan indicios clave para la resolución del caso. En efecto, la protagonista se irá encontrando con personajes cada vez más relacionados con lo que se está investigando. Una característica que me encantó de esta novela es que, en el medio, se produce un pequeño suceso policial, una especie de caso secundario que es, en alguna manera, funcional a la historia principal. Por un tiempo, el foco está desviado, y eso oxigena la lectura, es como una parada a descansar. Esto no pasa sólo con este hecho aislado: hay, convenientemente distribuidos, capítulos que narran historias secundarias. Como en toda la novela, uno no sabe si estas historias tienen alguna relación o no con el caso. Esta ambigüedad suma muchísimos puntos.

Es interesante notar cómo la sospecha va mutando de un personaje a otro. Siempre la encargada de aventarlas es la protagonista, que pareciera tener gran intuición mezclada, a veces, con cierta maldad. Y en esto me detengo. En un punto de la lectura, es imposible no odiar a Miss Jane Marple, la protagonista. Según su propia definición, es “una vieja cotilla”, y ella misma reconoce que ésta es una de sus mejores armas para desentrañar el hecho delictivo.


“Era curiosa, hacía preguntas y era la clase de persona de la que se esperaba que las hiciera. Podías enviar a un detective privado (…) pero resultaba mucho más sencillo enviar a una anciana con el hábito de curiosear y hacer preguntas, de hablar demasiado, de querer averiguar cosas y que pareciera algo perfectamente natural”.



Y en eso basa toda su investigación. En un punto es imposible no odiar, o al menos no detestar, a esta persona a la que mucha gente no le gustaría tener encima. Calculo que se la puede emparentar (aunque de lejos) con cierta conductora de TV que tiene un programa de entrevistas, muy prestigioso y de ya varias décadas en la televisión argentina. Pero el recurso le termina dando muy buenos resultados. Volviendo a los sospechosos, cada uno de ellos es señalado por Marple sin dar demasiados argumentos, lo que refuerza lo dicho sobre ella.

El final del libro deja otro muy buen concepto. Pensar estereotipadamente puede fallar; puede salir el tiro por la culata. Se presenta un móvil para el delito, acompañado de evidencia empírica, dando a entender que la repetición de hechos llevará a que se produzca otro igual…pero la verdadera razón para que ocurra el hecho investigado termina siendo otra. Un motivo que puede ser muy realista, pero que en la novela no se da como posible hasta que, finalmente, es esclarecido el caso. Todo termina cerrando. Ah, era así, piensa uno. Un final de grandes descubrimientos.

Y ahora, llegamos al final de esta reseña. Si te gustó, dejame tu comentario abajo. Y si no, los palos también sirven

jueves, 10 de marzo de 2016

Parecía inofensiva

No entendía nada. Estaba alelado, tardé en volver en mí.
- ¿Adolfa? ¿Estás bien?
- Ponele que sí. Está oscuro acá – me respondió la voz de Adolfa, evidentemente confundida. Si yo no entendía lo que había pasado, ella menos aún.
- No he perdido ni la billetera ni los documentos – me dije, como para tranquilizarme, luego de palparme los bolsillos. Fue lo único que atiné a hacer, casi instintivamente. Luego, me había quedado inmóvil.
- Menos mal que no los perdiste. Yo tampoco. Pero, ¿para qué nos van a servir acá?
- ¡Más vale que nos sirven!, ¿por qué no deberían servirnos?
- No estamos en el mismo lugar.
- ¿Cómo que no?
- No. Si de algo estoy segura, es de eso. Me podrás decir loca, pero yo sé que no estamos en el mismo lugar.
- Pero, ¿cómo?
- ¿Cómo? ¿Te preguntás cómo? Pensalo – ya su tono de voz era entre desafiante y exasperado.
- No sabemos dónde estamos, no tenemos idea de nada y vos ya me echás la culpa. Así son ustedes.
- No, así somos nosotras no. Permitime recordarte que si no fuera por vos, no estaríamos acá.
- Siempre termino teniendo yo la culpa. ¿Y ahora qué tengo que ver?
- Vos y tu manía de tocar todo. De meter la mano en los lugares donde nadie te pide.
- Toqué un solo botón. Parecía inofensiva.
- “Toqué un solo botón” – dijo Adolfa en tono burlón.- Sí, tocaste un solo botón. Pero no tenías que tocarlo. ¿Quién te pidió que toques? ¿Quién te manda a jugar con las cosas que no conocés? ¿Meterías la mano en la boca de un león? No. Entonces, no tocás máquinas extrañas. Porque si no hacés macanas. Mirá ahora dónde nos metiste.
- Ahh, ¿ahora la culpa la tengo yo por tocar un botón de ese mamotreto todo oxidado y viejo?
- ¡Y sí! ¿No sabías lo que era? ¿No tenías idea?
- No. En las salas de exhibición las cosas generalmente no funcionan.
- Y tampoco hay que tocarlas. Por algo hay cuerdas y carteles por todos lados de “Prohibido tocar”.
- Y a pesar de todo, la gente toca igual. No me vengas ahora, ¿eh?
- ¿Pero no viste el cartel que había arriba de la máquina?
- No, ¿qué cartel?
Sinceramente, no había mirado el cartel. Debía ser uno de esos de “No tocar” o de “Prohibido fumar”.
- ¡Era la máquina del tiempo!
- Estás diciendo cualquier cosa. ¿La máquina del tiempo?
- ¡Sí! ¡Sí! – Adolfa no cabía en sí de la emoción - ¡La máquina del tiempo, hombre! ¡La del tipo este, no me acuerdo cómo era! ¡Sí! ¡Herbert Wells!
- ¡No puede ser! ¿Cómo va a estar en un museo? Esa máquina no existe. Es sólo un cuento.
- ¡Te digo que sí! ¡Y era la que vimos! Al principio yo tampoco lo creí, pero después miré al costado para ver si mencionaba al artista que había armado la maqueta, y vi que había una placa como las de las máquinas reales. Vos sabés, los motores, las máquinas de taller, esas placas que te dicen de la corriente y esas cosas bien técnicas.
- Pará. ¿Vos me estás diciendo que yo activé la mismísima Máquina del Tiempo?
- ¡Sí, eso hiciste! El botón que tocaste era el que la hacía funcionar.
- ¿Y por qué no me dijiste antes? ¿Antes que tocara el botón? ¡Nos podríamos haber ahorrado este lío!
- Es que tampoco sabía en ese momento. Yo me fui dando cuenta después, cuando rememoré las imágenes. De pronto, no podía ser otra cosa. Tenía que ser eso. Todos los caminos llevaban allí. No cabía duda.
- Ahh, claro, no sabías. Y de golpe te cae la ficha ahora. Te das cuenta, ¿no? ¡Estamos en una época distinta? – y de repente una idea se me hizo presente- ¡Ya no estamos en nuestro tiempo! ¡Las cosas que podrían saberse! ¡Podríamos vivir la historia, todo eso que vemos en los libros, sólo en fotos y en lo que nos dicen! ¡Podríamos saber si son verdad o si nos estuvieron vendiendo cualquier cosa todo este tiempo! ¡O conocer cómo va a ser la vida en el futuro de nuestro tiempo! Autos voladores, viajes en cohete, robots hogareños…
- Bueno, ya está. Mucho Asimov me parece, vos – de repente, Adolfa volvía a la realidad. Trataba de ponerle la cuota de racionalidad a la situación, en el momento en el que ésta era menos necesaria.

Pero yo también acabé por bajar a la Tierra. Un griterío afuera me sacó de ese mundo futurista, y comprendí dos cosas. Una, que no importara le época en la que estuviera, si era el futuro, la voz humana no iba a desaparecer. La gente iba a seguir hablando. Eso de alguna manera me tranquilizaba, porque no concebía un mundo sin palabras orales, sin las inflexiones de la voz humana, las tonalidades. ¿Cómo podemos comunicarnos sin hablar? En un lenguaje plano, sin emoción, monótono. O con una voz como la de los robots. Metálica. ¿Es posible un mundo así? ¿Podría alguna vez evolucionar la tecnología de manera que sea innecesaria la voz humana? No, imposible –pensé, meneando la cabeza-. No puede ser así. Nos moriríamos. Estamos hechos para comunicarnos de otra manera. Es biológico.

La segunda cosa que comprendí fue una palabra, que me sonó, después de unos segundos, muy familiar. Porque era una palabra asociada a un evento. Uno solo. Adolfa no parecía preocupada, pero una idea me cruzó la cabeza como un rayo. Ahí estábamos. De todos los posibles lugares, habíamos ido a caer a ese. Y como ya conocía la historia, me di cuenta de que algo había que hacer.
- ¡Adolfa! ¿Dónde estás? Vamos, que hay que salir de acá y subir- le dije, con tono de urgencia.
- Pero…- Adolfa no llegó a decir nada más. Por casualidad, tropecé con ella y la tomé de la mano. La arrastré hasta la puerta, que en estos momentos estaba semiabierta, y por eso podía ubicar dónde estaba. Ella al principio se resistió, pero después aflojó y me siguió. Ya no la tenía de la mano.
El pasillo estaba desierto. A la mitad encontré una escalera y la llevé hasta allí. Subimos, hasta que nos vimos bajo el mismo cielo de la noche. ¡Un frío hacía! Adolfa se quejó, y la verdad que hacían falta un buen par de sacos para guarecerse de la baja temperatura. Al menos, no había viento.

Torcí mi cabeza y lo vi. Era blanco, y muy grande. Aterrorizaba desde esa posición, en la que dominaba todo. Es que, además, era alto. Visiones de los monstruos más siniestros pasaron por mi cabeza. Claro, en la película, no se lo veía tan grande. Apenas parecía un inofensivo resto de pared a medio caer. Pero acá, frente a frente, era otra cosa. Adolfa pareció, de pronto, darse cuenta de algo. Yo, al mismo tiempo, comencé a correr.

- ¡Hay que subir ya! No hay tiempo que perder – le grité en un tono imperativo que no admitía réplica.
- Pero…
- ¡No hay tiempo! ¡Y si alguno se interpone, lo tiramos hacia el costado! No puede ser que no hagan nada. ¡Ni siquiera intentan doblar! ¿No los escuchaste? ¡Parecería como si quisieran que nos choquemos! ¡Hablaron de frenarlo! ¡Y es imposible, ¿cómo frenás esta mole de barco?!
- Nos meteríamos en un problema enorme. Estaríamos cometiendo un delito gravísimo. ¿No sabés lo que puede pasar? ¡No tenemos defensa posible!
- ¿Preferís que te juzguen en tierra los hombres, o que los peces te contemplen en el fondo del mar?

Ante esto, Adolfa se quedó callada. No encontró la réplica adecuada a tiempo. Yo ya estaba subiendo la escalera que llevaba al puente. Ella, aunque hesitando al principio, me siguió. Casi no sabía lo que estaba haciendo cuando, de un empellón, abrí la puerta del puente, que sorprendentemente estaba sin asegurar. El capitán no estaba allí. Adolfa se quedó vigilando la escalera, mientras yo giraba la rueda del timón hasta que llegó al tope. En ese momento, llegó el capitán. Del desconcierto, se quedó parado en la puerta, sin atinar a hacer nada.


Minutos después, el gran transatlántico, casi sin quererlo, esquivaba el iceberg. 

miércoles, 2 de marzo de 2016

Encuentros Casuales (BUATales #1)

Buenas a todos! Hace unas semanas, en Blogueros Unidos Argentina, un chico trajo una excelente idea, muy original por cierto.

Consistía en escribir un cuento, de extensión media ("5 a 7 mil caracteres con espacios", según su definición), sobre algún tema que elijamos. Sea como sea, la idea era remover un poco los engranajes creativos de nuestra cabeza haciéndonos producir, a nosotros que somos tan consumidores de literatura. Me encantó la iniciativa, y obviamente, me metí desde el primer día.

Hoy es el día elegido para que, finalmente, mostremos nuestra primera entrada, así que...aquí los dejo con ella. Una historia...bueno, mejor no digo nada y dejo que ustedes la lean. 






Lucía sale a caminar por la plaza una tarde, típica tarde de sábado, luego de haber almorzado y dormido la siesta. Ve un banco, se sienta y comienza a leer su ejemplar de Por quién doblan las campanas, ella, tan adepta a la literatura inglesa. Tanto, tanto, que el libro que leía estaba escrito en inglés. Varias horas más tarde, cuando la ya escasa luz del día le dificulta la lectura, coloca el señalador en la página, cierra el libro y se dispone a volver.

Allá por la salida del parque (por alguna extraña razón, en Buenos Aires, los parques están enrejados), un chico de cara redonda y ojos azules entrando al parque. Lucía lo mira para no chocarse con él, ya que la entrada, debido a arreglos en la vereda, está reducida. De repente, De pronto, ¡mariposas en la panza! Él también la estaba mirando. Lo logra esquivar con lo justo, sale a la calle y llega a la casa, donde –quizás- planifique la noche, quizás mire una película, como hace todos los sábados.

Dos días más tarde, ya lunes, Lucía en el colectivo, de ida al trabajo. Un chico de cara redonda y ojos azules se sube, en la parada siguiente a la que ella se subió. Tres con veinticinco, le dice al chofer, luego de saludarlo, cortesía que éste no devuelve, tan absorto que está en el tránsito de la mañana. El chico se para al lado del asiento donde está Lucía. Se libera el asiento al lado de ella y el chico, cortésmente, le pide acceso a él. Cruzan unas palabras, más que nada porque Lucía lleva un colgante de piedras verdes. La madre del chico resulta tener uno igual. La charla le sirve a Lucía, al menos, para pasar el tiempo del viaje, que de a ratos se vuelve tedioso por el tráfico. Ambos se bajan en distintas paradas, en el centro.

Jueves. Fila en la verdulería, Lucía está última en la cola. Llega al comercio un chico de cara redonda y ojos azules. Se pone último, como debe ser. La caída de una naranja de la pila que está al lado de ambos sirve de disparador para que surja la charla. Que si sos del barrio, que me crucé alguien igual a vos el otro día, que las manzanas están por las nubes debido a la ola de frío, que tengo que llevar acelga para la tarta, que es muy nutritiva, amo la tarta de acelga, con un par de huevos queda espectacular, y otras confesiones culinarias.

La atienden a Lucía. Lleva las plantas de acelga mencionadas, además de algunas frutas. Cuando sale del local, con alguna excusa de ocasión se queda afuera. Atienden al chico, que lleva un variopinto de frutas y verduras. Compras de la semana, que le dicen. Sale. Ve a Lucía como esperándolo afuera, porque quién va a creerse su excusa, nadie sale de un local y se queda afuera de él. Juntos van hasta el edificio de ella, que resulta estar a media cuadra del de él. En el viaje, risas, charlas sin sentido, miradas cómplices, las mismas mariposas en el estómago que había sentido en el parque. Visiblemente emocionada, Lucía abre la puerta de su edificio y sube hasta su departamento. Le toma varios minutos calmarse.

Una idea parece afirmarse en la cabeza de Lucía. Repasa. El chico del parque no tenía la cara taaaan redonda. No, no puede ser el. Pero si tenía los mismos ojos que éste… Y además era de la misma estatura, ella lo tenía que mirar ligeramente hacia arriba. La altura perfecta para caminar abrazados, piensa. Las imágenes se suceden en la cabeza de Lucía, como una gran telaraña de posibilidades, un gran árbol de probabilidades que se ramifica más y más, pero que en su raíz tiene… al chico del parque. Entre esa maraña de rosas, finalmente, Lucía concilia el sueño.

Ha llegado el domingo. Lucía y el chico de ojos azules y cara redonda van al parque. Ahora Lucía no lleva libros, pero en cambio lleva con ella la emoción de un primer encuentro. Entra al parque, ve a su chico que (tal como habían quedado) lleva un pulóver verde y un par de jeans celestes. Los diez metros que los separan son los diez metros más difíciles de recorrer que jamás ha enfrentado Lucía. Él la mira. Ella tiene la mirada en el pasto, en un árbol, en un pájaro que emprende vuelo, pero no en él. Hasta que es inevitable, lo tiene que mirar para saber adónde está. Su corazón late con tanta fuerza que ella cree tener dentro de su pecho una persona tocando el bombo. Cuando se encuentran, Lucía esquiva el desmayo por milímetros.

Charlan animadamente por un buen rato, con la compañía de un mate que cambia rítmicamente de manos, hasta que se acaba el agua. Luego todo sucede. Lucía lo ve al chico cada vez más cerca, tanto que puede observar sus pestañas y distinguirlas una de otra. El dique que contiene las emociones de Lucía se rompe con un pavoroso estallido, y ahí están los dos, libres y en las nubes…


Finalmente, Lucía y el chico salen del parque, los dedos entrelazados, el paso cadencioso, la levedad de saber que nada de lo que pasa alrededor forma parte de su mundo. Afuera, los autos se agolpan en la avenida, los conductores, entre hastiados y furiosos hacen tocar la bocina o simplemente lanzan imprecaciones. Pero Lucía y el chico de ojos azules y cara redonda no necesitan tocar bocina, ni insultar al aire. Viajan en una nube. Yo los veo alejarse por la vereda, recorriendo un camino en el que no vale correr. Y pienso en que, al fin y al cabo, todos los árboles alguna vez fueron una pequeña semilla.




¿Qué les pareció?


viernes, 19 de febrero de 2016

Covers que superan al original

En un principio, allá por los 90, era Napster, antes de quedar enredado en esa pelea legal con las discográficas que con el tiempo lo volvió un sitio pago. Luego de esto un relativo bajo perfil en los programas de intercambio de música, en el que los que más destacaban fueron Winamp y Kazaa. No fueron muy usados en Argentina, debido a que en la época (principios de la década del 2000) la banda ancha, insumo indispensable para pensar en piratear bajarse canciones de Internet, no había penetrado tanto en la sociedad. Entonces, bajarse una canción era una tarea que podía demandar varios minutos. Más adelante apareció Ares, que fue verdaderamente un fenómeno, sobre todo porque disfrutaba de algo que sus predecesores no tenían: la banda ancha en la mayoría de los hogares argentinos (nota al pie: cuando me inicié con este programa, no había banda ancha en casa, y cada canción me demoraba, más o menos, lo que dura escucharla. Después tuve y fue otra cosa). Con la era Youtube llegó la última innovación en la obtención de música a través de Internet: los programas que convierten el video en audio.

Ojo, no todo era pirata, ilegal. También había medios legales de descarga de música. Un ejemplo es MySpace, donde los artistas pueden elegir (y lo hacen de modo creciente) colgar su música, es decir, subir las canciones a la plataforma para que los seguidores de la banda puedan descargarlas desde allí. O la tienda iTunes donde, aunque en este caso pagando, se pueden obtener las canciones. Eso sin nombrar a la aplicación estrella, una cuyo nombre empieza con S, que incluso permite tener las canciones en tu celular por una módica suma.

Seguramente estos programas deben haber cambiado la vida de muchísimas personas. Y claro, junto con la llegada del MP3 simplificaron el proceso de escuchar música, un innegociable en ciertas situaciones como los viajes en colectivo, esperas, caminatas por la calle solos (siempre me negué a escuchar música mientras camino) o simplemente antes de dormir.

La práctica de descargar canciones, sin embargo, no estaba exenta de problemas. Y uno de los más graves (luego de quedarse sin conexión) era, desafortunadamente, la inexactitud de la información. Léase nombres mal puestos, gente ignorante que no sabe quién está cantando lo que subió, o el cartelito que usted quiera. Lo usual, al buscar una canción, era buscarla por nombre o por banda/cantante. Y en la gran mayoría de los casos, la información era exacta. Por ejemplo, ponías “Satisfaction”, de los “Rolling Stones”, y el programa de descarga de música lo encontraba y te daba la opción de bajarlo. Pero claro, siempre hay excepciones. Y entonces te podías encontrar con que te bajabas Satisfaction, pero al escuchar la voz decías “no, ese no es ni por casualidad Mick Jagger”. Y otros ejemplos. Como sea, estos problemas (que yo sufrí limitadamente, pero me pasaron), además de suscitar mis más nobles pensamientos acerca de quienes habían etiquetado las canciones, abrieron la puerta a algo verdaderamente maravilloso y nuevo:

Los Covers que suenan mejor que el original.

Y es que, en muchas ocasiones, nos encontramos con canciones que son creadas por un artista, y que por una de esas cosas del destino terminan siendo versionadas por otro, y la nueva versión es mejor que la original. Obviamente, esto es altamente subjetivo, ya que, tratándose de una canción hecha por varios artistas, unos pueden opinar que una determinada versión es la mejor, y otro pueden opinar que otra versión es la mejor. Incluso pasa con versiones en vivo y de estudio de un mismo tema.

Lo que también puede pasar es que una banda muy conocida haga un cover de una canción escrita por otra banda, no tan conocida. Y, en razón de la mayor popularidad de la banda versionante, esta nueva versión se haga más conocida y sea percibida como mejor. Esto pasó mucho en las décadas de 1960 y 1970, con bandas muy conocidas en esa época que versionaban temas de cantantes de los 50, que no eran tan conocidos (el auge del marketing musical, por llamarlo de alguna manera, comenzó en los 60 con la ola inglesa o invasión británica, la llegada masiva de música inglesa a los EE.UU.).

Y en tantos otros casos, la razón puede ser que una letra se ajuste mejor al tipo de sonido propuesto por una banda distinta de la original. Por ejemplo, una canción que inicialmente era un blues pero, al introducirle guitarras distorsionadas, el efecto sonoro es mucho más cautivante al oído. O una canción que, lenta, suena más agradable que la versión más rápida. O versiones acústicas vs. eléctricas: muchas veces pasa en ediciones al estilo MTV Unplugged donde, al estar restringido el instrumental a instrumentos acústicos y percusión ligera, se logra una armonía que puede superar a la de la canción original.


Acá abajo dejo una lista de algunos ejemplos, los que en este momento más recuerdo haber escuchado y dicho "esto es mejor que el original". Obviamente, la lista no es exhaustiva ni tampoco pretende ser del acuerdo de todos los que lean esta nota. Cada quién puede tener diferentes miradas acerca de qué canciones son mejores en original y cuáles tienen otra versión no original que las supera, prueba de esto es la gran cantidad de listas que circulan por Internet. Los temas elegidos son entre medianamente y muy conocidos, y en algunos casos son canciones de las que la versión cover es mucho más conocida que la original. 

Dazed and confused - Led Zeppelin (Jake Holmes)

Poco se conoce de la original de Jake Holmes, pero la realidad es que esta canción es una de las más conocidas (estaría en un primer pelotón) de la banda de Jimmy Page y Robert Plant. Definitivamente, el virtuosismo del guitarrista le agrega ese algo que le faltaba a la versión inicial.
Nota al pie: Los de Led Zeppelin cambiaron parte de la letra, aunque aún puede considerarse un cover. Además, Jimmy Page grabó otra versión de esa misma canción durante su pertenencia a The Yardbirds.






Triste canción de amor - La Renga (El Tri)

Mientras que la versión de la banda mexicana es un tanto reggaera, los arreglos decididamente más rockeros de La Renga le quedan mucho mejor.






While my guitar gently weeps - Eric Clapton and George Harrison (vivo en Japón) (The Beatles)

En esta canción, los Beatles lisa y llanamente le pifiaron clamorosamente con la batería. Suena un tanto repetitiva. De entre todas las versiones que se hicieron en vivo de esta canción, elijo la que hicieron Eric Clapton y George Harrison en Japón (la del video) más que nada por el solo de guitarra al final. Aunque los arreglos, en general, son mucho mejores.



(no había versión "original" de esta canción en Youtube)



Since I don’t have you - Guns N' Roses (The Skyliners)

En este caso, el mérito para la versión de los Guns es quizás que su cover llegó a ser más conocido que la versión cincuentosa de los Skyliners. Al margen de eso, tratándose de una canción de tono melancólico, la potencia que le imprimen Axl, Slash y compañía saca a la canción de esa “perfección” (parece todo demasiado bien armado) que tiene la canción original.
La versión de los Skyliners no es, en realidad, lo que se diría mala, diría que está bastante cerca de la de los Guns, pero esta última para mí es superior.






It’s my life - No Doubt (Talk Talk)

La version de No Doubt tiene, quizás, una tonalidad más dramática que la de Talk Talk, que termina adaptándose mejor a la letra.





Si les gustó la entrada, no duden en comentarlo... y en acercar, si lo desean, sus propios ejemplos de canciones que les parezca que, versionadas por otras bandas, suenan mejores que la primera versión.